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Por qué ya no te reemplaza la IA: te reemplaza el compañero de al lado que sí la usa

26 aprile 2026·5 min di lettura
Por qué ya no te reemplaza la IA: te reemplaza el compañero de al lado que sí la usa

Durante dos años, el titular fácil fue que la IA venía a por nuestro puesto. Hubo portadas, hubo tertulias, hubo cursos improvisados vendiendo la salvación en doce módulos. Y sin embargo, cuando uno se asoma a las encuestas recientes en lugar de a los titulares, descubre algo que no encaja con el relato apocalíptico: el miedo, lejos de dispararse, se está calmando. No porque la tecnología sea menos potente, ni porque hayamos descubierto que todo era un bluf, sino porque hemos empezado a convivir con ella lo suficiente para entender dónde muerde y dónde no. Esa convivencia, que parece banal, está cambiando las reglas del juego dentro de cada oficina.

El último pulso de InfoJobs lo cuantifica sin rodeos: el porcentaje de trabajadores españoles que teme ser reemplazado por una IA cayó del 37% en 2024 al 24% en 2026. Trece puntos en dos años es muchísimo para una métrica de miedo, que suele ser pegajosa. Hay varias lecturas posibles, pero la más honesta es que la gente ha probado estas herramientas y ha visto que se atascan en cuanto el problema deja de ser genérico. Ahora bien, que baje el miedo general no significa que el miedo haya desaparecido. Se ha mudado de dirección, que es bastante peor para quien no esté mirando.

El dato que casi nadie está citando del mismo informe es este: un 17% de los encuestados no teme al algoritmo, teme al colega. Concretamente, teme que alguien del equipo, con mejor dominio de las herramientas de IA, le quite el puesto. Léelo otra vez, porque cambia la conversación entera. No estamos ante un enemigo abstracto hecho de GPUs, sino ante el de siempre: el que se sienta dos mesas más allá, el que llegó hace ocho meses, el que aprende rápido. La IA no es el sustituto, es el multiplicador. Y lo que multiplica es la distancia entre quien la usa bien y quien todavía la mira de reojo.

La lógica es más sencilla de lo que parece una vez que se separa el verbo "automatizar" del verbo "sustituir". El World Economic Forum lleva dos ediciones repitiendo lo mismo: entre un 45% y un 47% de los empleos actuales tienen tareas expuestas a automatización, pero las mismas proyecciones estiman unos 97 millones de roles nuevos en los próximos años. La IA no se come trabajos enteros, se come trozos de trabajo. El problema es que cuando alguien libera dos horas diarias de esos trozos, esas dos horas no se evaporan: se las queda la persona que supo pedírselas a la herramienta, y las convierte en más proyectos, más visibilidad, más propuestas. El puesto no lo pierde quien se queda igual; lo pierde quien se queda igual mientras el de al lado duplica su output.

Piénsalo con un caso concreto. María, contable en una pyme de Valencia, lleva once años cerrando el mes con la misma rutina: conciliación manual, plantillas de Excel heredadas de su jefa anterior, dos tardes robadas al calendario familiar. Su compañero Héctor, que entró hace año y medio, le pidió a un asistente de IA que le montara un script para parsear los extractos bancarios, y ahora cierra en media mañana. Nadie ha despedido a María. Pero cuando la empresa planteó asumir la contabilidad de una filial adquirida, la conversación natural fue "se lo damos a Héctor, que tiene margen". Así no suena a reemplazo, suena a reparto. Y sin embargo, dentro de dos años, una de las dos sillas va a sobrar, y ya sabemos cuál.

Hay una excepción honesta en toda esta historia, y conviene no barrerla debajo de la alfombra: los ingenieros de software. Xataka lo recogía hace unas semanas con un titular que resumía bien la paradoja: son los que más usan IA y, a la vez, los que más asustados están. Tienen motivos. Los despidos tecnológicos de 2026 ya superan los 45.000 puestos, con un 20% atribuidos directamente a sustitución por IA. Block anunció 4.000 bajas sobre una plantilla de 10.000. Cuando tu trabajo consiste en producir código, y las herramientas que produces código están mejorando un orden de magnitud al año, la ansiedad no es irracional: es lectura de métricas. Para el resto de profesiones, el patrón es distinto; para la ingeniería de software, el patrón es el que vende el titular.

¿Qué hacer desde mañana, sin caer en el consejo de taller motivacional? Una cosa, concreta: elige una tarea de tu semana que te robe más de dos horas y que sea repetitiva, y dedica una tarde entera a montar el flujo con IA que la deje en veinte minutos. No una tarde en teoría, una tarde real, con la puerta cerrada. No hace falta aprenderse todas las herramientas; hace falta ganar una batalla pequeña y visible. Esa batalla, cuando la cuentas en la reunión del lunes, cambia cómo te ven. Y cambia, sobre todo, cómo te ves tú. La adopción de IA no se resuelve con un curso corporativo de ocho horas grabadas; se resuelve con una victoria propia que puedas replicar.

La pregunta incómoda que deja todo esto no es si la IA nos va a quitar el trabajo, sino qué clase de compañero vamos a ser dentro del equipo que la está adoptando. Eso abre una conversación distinta, más útil, sobre cultura de empresa, sobre formación interna, sobre cómo medir el rendimiento cuando el output ya no depende solo del esfuerzo sino también del stack personal de cada uno. Seguiremos tirando del hilo en próximas notas de esta serie, porque hay capas: la del jefe que no sabe qué pedir, la del equipo de RRHH que no sabe cómo evaluar, la del empleado que ve el tren pasar y no se atreve a subir. De momento, quédate con esto: el algoritmo no es el problema; el problema es quedarte siendo la única persona del pasillo que no lo usa.

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